Voy a esperarte aquí sentada, hasta que el infinito no sea tan pequeño para nuestros pasos kilométricos.
Voy a hablar con las aceras,
tal vez ellas me cuenten dónde fue a parar la piedra que se metía siempre en mi zapato.
Que ahora la hecho de menos en los días en los que llueven gatos.
Una vez, una nube gris que pasaba por mi calle, me susurró que nunca más volverían a ser tristes los días de lluvia, aunque a ella le diera por llorar.
Y mira, tenía razón. Hoy no he tenido que desnudar ninguna mandarina ni ahogarla en el espesor del chocolate.
Me ha parecido suficiente con mirar el cristal de la ventana y no a través de éste.
He hablado sola por teléfono y me he quejado porque había interferencias.
Maldita linea.
Está todo conectado para hablar con cualquier persona de cualquier lugar y, sin embargo, para hablar con uno mismo todavía no han inventado nada útil.
Será que es más cómodo o así, o que las respuestas válidas solo están en bocas ajenas. O que, al final hablar sin palabras va a ser, como siempre, la única solución.
Me he resbalado con un poco de insomnio que alguien había dejado en el portal de mi edificio, he corrido sin utilizar las piernas hasta donde no existe el tiempo ni el espacio y alguien me ha cogido del brazo. O tal vez lo he imaginado.
Me he enfadado con las flores de un macetero de la Calle Mayor porque nadie les había dicho hoy lo preciosas que estaban, y ellas ni siquiera lo habían echado en falta.
Supongo que aquel hombre que intentaba tomar una foto de una noche oscura de otoño no se daba cuenta de que su cámara estaba apagada. Y de que eran las doce del medio día. Y de que el sol picaba sobre su abrigo de plumas y una gota de sudor le descendía por donde se piensa.
Y esto último me ha resultado familiar.
Tenemos la cámara apagada. Todos. Ni siquiera sabemos si funciona.
Nos han dicho que es de noche, que es otoño, que hace frío y que la foto saldrá tarde o temprano.
Pero no nos hemos parado a comprobarlo.
¿De qué no extrañamos entonces cuando las cosas no salen?
Algunos lo llaman estupidez, yo prefiero llamarlo humanidad.
He dejado de buscar la piedra de mi zapato,
y ahora la necesito más que nunca.
Aquella nube me engañó,
ya no ha vuelto a llover desde entonces, eso es trampa,
y los cristales no están mojados de agua.
El teléfono lo he desconectado,
y ahora uso el método de cerrar los ojos y abrir algo dentro.
Un consejo,
para la próxima vez, prueba a encender la cámara.
...escribir es ese punto medio entre la verdad que duele y la mentira que alivia
Miradas
jueves, 10 de octubre de 2013
jueves, 3 de octubre de 2013
362
Hace ya muchas madrugadas
-en vela-
que tengo la página 362 marcada.
Tal vez esto tenga que ver con las noches que me paso
leyendo entre lineas aquel diciembre de lunas frías y miradas congeladas.
De aquel ''dame la mano''
y las risas tontas mirando hacia otro lado.
De los golpes que me daba el corazón en cada pálpito,
del abismo de las yemas de los dedos que rozaban
el cielo y el infierno sin tocarnos.
En mi vida había acudido a un invierno tan lleno de primaveras.
Jamás nadie me había hablado de que las famosas mariposas,
no son sino gorriones aleteando
con tanta fuerza que casi me revientan el estómago.
Que me daba miedo el mar hasta que me encontré tus ojos,
que son el espejo del cielo entero, y parte del infierno.
Que tu boca no se me antoja menos bella
que cualquier poema de mil versos.
Y es que tienes escondidos,
entre las comisuras, a Bécquer y a Salinas.
¿Por qué crees que sale la luna cada noche?
Me contó al oído que no puede dormir si no es en tu pelo.
Y claro que desde Orihuela pueden verse las estrellas,
lo que pasa es que hay que mirar un poco más abajo,
a la altura de tus pestañas, más o menos.
Que hay que deslizarse por tu cuello para mantener el equilibrio
y no hay mejor escondite para las noches -o los días-
de frío -o de calor- que el Edén que se extiende
desde tu garganta hasta tu ombligo.
Y en ese libro en el que guardo cuatro estaciones por año,
doblo cada noche la esquina de la página 362,
en la que, sin serlo, las letras se ven de otro color.
Askiñas
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